top of page

No siempre lo hice bien

  • Foto del escritor: Anabel
    Anabel
  • hace 18 horas
  • 3 Min. de lectura

Hoy necesito escribir desde un lugar muy personal, uno de los más sinceros desde que empecé este camino. Porque muchas veces hablamos de motivación, de hábitos, de volver a empezar… pero pocas veces contamos todo lo que hay detrás. Y detrás de mí también ha habido muchos baches. Más de los que imaginaba cuando me calcé unas zapatillas por primera vez pensando que correr solo era salir, avanzar y sentirme mejor.

Cuando empecé a practicar running lo hice con muchísima ilusión, pero también desde el desconocimiento. No tenía estructura, ni coherencia, ni entendía realmente la importancia del descanso, de la técnica o de escuchar al cuerpo. Solo quería correr porque me hacía sentir viva. Me daba energía, me ayudaba mentalmente y me regalaba una sensación de bienestar que pocas cosas me habían dado antes. Y quizás por eso me dejé llevar demasiado rápido por la emoción de avanzar.

El primer frenazo llegó con un esguince. Recuerdo la rabia de tener que parar por “una tontería”, porque en ese momento así lo veía. Descansé lo justo y volví a correr pensando que el cuerpo aguanta todo. Pero el cuerpo tiene memoria. Y cuando no escuchas los primeros avisos, acaba hablando más alto.

Después vino el edema óseo en la rodilla. Ahí ya empecé a entender que algo no iba bien. El dolor ya no era una molestia puntual; era el cuerpo pidiéndome calma desde dentro. Aun así, me costaba aceptar los parones. Sentía frustración, miedo a perder lo conseguido y esa necesidad constante de volver cuanto antes. Quería seguir siendo la misma de antes, aunque por dentro algo ya estaba cambiando.

Y cuando parecía que todo empezaba a estabilizarse, llegó la fractura por estrés en el metatarsiano del pie. Esa lesión me obligó a parar de verdad. Sin excusas. Sin medias tintas. Recuerdo perfectamente la sensación de verme quieta mientras mi cabeza seguía queriendo correr. Y creo que ahí empezó una de las partes más difíciles de este proceso: entender que cuidarse también requiere parar.

Pero la vida todavía tenía otro golpe preparado. Tras ese largo parón, cuando intentaba volver a encontrarme poco a poco, mi cuerpo explotó de otra manera: apareció un tumor en el ovario. Y sinceramente, ahí ya no pensé en correr. Ahí pensé en vivir, en sanar, en entender por qué había vivido durante tanto tiempo desconectada de mí misma.

No quiero contar esto desde el victimismo porque no me gusta quedarme ahí. La vida es dura para todo el mundo de una manera u otra. Pero sí necesitaba ser honesta conmigo y contigo. Porque muchas veces creemos que las personas constantes nunca caen, nunca dudan o nunca se rompen. Y no es verdad. Yo me he roto muchas veces. Física y emocionalmente. He llorado de impotencia, he sentido miedo al volver a empezar y he tenido momentos de pensar si realmente valía la pena seguir intentándolo.

Y aun así, aquí sigo.



Sigo poniéndome las zapatillas. Sigo aprendiendo a escucharme. Sigo entendiendo que correr no consiste en ir más rápido, sino en saber sostenerte también en los días lentos. Hoy corro desde un lugar completamente distinto. Ya no necesito demostrar nada. Ya no lucho contra mi cuerpo. Ahora intento acompañarlo, respetarlo y agradecerle de todo corazón todo lo que sigue permitiéndome hacer después de tantos baches.

He entendido que avanzar no siempre significa acelerar. Avanzar es simplemente no rendirte. Volver a empezar una vez más. Con miedo, con cicatrices y con dudas, pero volver.

Y eso es exactamente lo que sigo haciendo.

Porque después de todo lo vivido, hay algo que tengo claro: sigo aprendiendo cada día y mejoro zancada a zancada.

Comentarios


bottom of page